MATACABALLOS. Ana Carolina Quiñonez Salpietro

En más de uno de los poemas de Matacaballos, Ana Carolina Quiñonez Salpietro disimula hábilmente, tras el retrato del personaje de Erasmo —un rígido preparador de caballos que convierte su oficio en eje de su vida—, el registro íntimo y aséptico de la gradual descomposición de una familia, desde la perspectiva de una de sus miembros. Por esta razón, la voz protagonista se sumerge en el microuniverso de la hípica y apela a sus símbolos y rituales para cuestionar desde ellos el rol jugado por la figura paterna en su historia personal, pero también para hurgar en el sentido (o sinsentido) de las más diversas relaciones interpersonales. Mientras más se conoce del enérgico amor que siente Erasmo por los caballos, más se revela la distancia que existe entre la protagonista y su padre, pero también entre él y los demás integrantes de la familia. Es así como Quiñonez Salpietro desmonta poema a poema la naturaleza de nuestras propias afecciones.
FRONTERA
Erasmo era un gran muchacho.
Era indomable
un terremoto
así nació.
Nosotros éramos débiles.
Exigíamos
éramos cinco
la vida no era justa
ni las oportunidades iguales.
Trotábamos con el estómago vacío
no tomábamos agua
no retrocedíamos.
Difícil ser un hombre como él.
Jalonear los caballos
morder la neblina
meter brazo
poner el cuerpo
hacer bulto.
En las caballerizas
algo siempre resoplaba
pero no lo podíamos ver.
los espacios abiertos
las grandes esperanzas
los grandes sentimientos.
Erasmo era duro
su fortaleza venía de adentro.
Se bañaba con los caballos
no tenía miedo
braceaba
esquivaba patas
y movimientos bruscos.
Nada podía aplastarlo.
Nadie agarra así
a sus hijos
ni les habla
como un preparador
en un trabajo intenso
antes de la carrera.
¡Aprieta más el paso!
¡No lo dejes respirar!
Y nosotros lo amábamos
como se ama
lo que no se deja acariciar.
UNA YEGUA DESOBEDIENTE
Que ladeaba su cabeza
y mareaba
al jinete
que removía el partidor.
Los dóciles
se alejaban.
Temían una tragedia
una cabeza desnucada
unas piernas inservibles
o que les contagiara
la rabia.
Yo reconocí
sus venas hinchadas
desde la tribuna.
Pedían que la saquen
a correazos.
Estaba allí
bajo el sol
frotando un boleto a place.
Algunos se escuchaban mafiosos
masticaban rumores
y datos para apostar.
Otros se paraban sobre el asiento.
Un viejo preparador murmuró:
«no sé si es buena
pero tiene ganas de correr».
Los soltaron.
Los favoritos se acomodaron.
Ella lo daba todo
cuando había que cuidar el ritmo.
Era una carrera de cuatro curvas
pero el jinete no podía apaciguarla
exigirle.
Prefirió salvarse
la dejó ser impredecible.
Pasaron los años
y no tuve otro caballo favorito.
Era una taquicardia.
Aguantaba golpes
y también
los repartía.
Solo un jinete
tuvo
lo necesario:
¡no le sueltes la rienda!
¡tampoco la ahorques!
Solo un entrenador
no razonable
pudo alimentar
su fuego.
Murió
y la abrieron:
su corazón
era dos veces
uno normal.
Ana Carolina Quiñonez Salpietro (Lima, Perú, 1988) es máster en Estudios de Cine y Audiovisual Contemporáneo por la Universidad Pompeu Fabra, España y Licenciada en Comunicación por la Universidad de Lima, Perú, donde se desempeñó como asistente de cátedra. Se graduó con una tesis sobre los ritos de pasaje en el cine de Sofía Coppola. Es autora de los poemarios Cuentos tristes que esperan las chicas antes de salir a bailar (2010) y Vacaciones de Invierno (2012), ganador del premio Luces del diario El Comercio en la categoría «mejor libro de poesía». Escribe una columna quincenal de cine en la revista Cosas y colabora con el suplemento cultural El Dominical. Ha colaborado en publicaciones periodísticas como Caretas y El Profesional, y académicas como Un vicio absurdo y La ventana indiscreta. Recientemente la editorial española Liliputienses reeditó sus dos primeros poemarios. En la actualidad vive en Barcelona.

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