BALBUCEOS DE UN PEQUEÑO DIOS. July Solís
Cuando se pretende atrapar a la Poesía con palabras, esta —de naturaleza inquieta— siempre se escabulle. Es por eso que, ante su misterio y las trampas del lenguaje, el poeta solo puede hablar con dificultad, balbucear sonidos que no le pertenecen. Observar el terreno escabroso del oficio poético es un proceso que todo creador, tarde o temprano, debe experimentar. Por ello, en Balbuceos de un pequeño dios, July Solís reflexiona acerca de las limitaciones y alcances de la escritura lírica y, sobre todo, descubre algunos atributos esenciales de su práctica poética: «La palabra muerta me enreda/ pero el lenguaje/ esta enorme tela transparente/ es mi guarida// La casa que me alimenta y me atrapa». En esta indagación, la poeta construye su propia cosmovisión y establece un nuevo acuerdo con la poesía, el cual consiste en un cauteloso extrañamiento frente a la capacidad de las palabras, así como el deslumbramiento de las múltiples dimensiones ocultas tras la cotidianidad. De este modo, la poesía pasa a ser el medio a través del cual ya no solo se contempla, sino también se cuestiona la realidad: «La poesía grita/ cuando nace/ Tropieza cuando camina/ Y babea infinitas preguntas/ cuando habla».
MARIPOSA
Una mariposa aletea en la hoja
se inquieta
siente la muerte y sonríe
Sabe que es mentira
que nadie puede atraparla
si no es con una mano de aire
Una mariposa vuela alrededor de la hoja
sus alas torturan al poeta
Traviesa
se mueve en la escritura/
la trampa
Pero la poesía
es aún peor
Es la duda
de saber si la mariposa por fin confunde
sus alas con las hojas
y entonces
aletea el poema.
OFRENDA
Señor
Soy tan pobre
Que la única
Ofrenda
Que pude traer
Soy yo
Dalmacia Ruiz Rosas
Dios y yo hacemos el amor
mientras a nuestro lado cientos de personas enderezan velas
Dios y yo hacemos el amor y no lo entienden; sin embargo
se quedan mirando
¿Acaso soy para ellos la prostituta que ofrece lo único que posee?
Si tuviera un centavo compraría un fósforo y encendería mis pecados, pero este cuerpo que el Señor me ha regalado también es mi pobreza, la misma que lavo todos los días, hasta que el agua penetra los pulmones y expectoro mi enfermedad en tus zapatos lustrados
No sé si la gente se amontona alrededor (con enormes velas que parecen antorchas) para ocultar nuestra cena o para entretenerse. Ellos compran una botella de vino y remojan tu cuerpo, Señor, hasta marearlo. Pero yo, que no bebo sino el agua de tu lluvia o botellas sucias que encuentro en las calles, seré excluida
¿La sacristía no estaba en tu cuerpo? —me pregunto en la ignorancia.
July Solís Mendoza (Lima, Perú, 1988) es egresada de la escuela de Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 2015 publicó Leche derramada, su primer poemario. En la actualidad trabaja en un libro con base testimonial y matices poéticos sobre la vida de un migrante andino.



muy bueno, me encanta como va desarrollando el poema
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